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El ladrón de San Ildefonso
 

 

A la mañana siguiente del hurto, el joven ladrón, muy cansado, divisó un hermoso pueblo de la serranía. Feliz y satisfecho de lo lejos que había quedado Jaén, se acercó hasta la pequeña y blanca localidad con intención de descansar.

Ese pueblo que tan bello le pareció al delincuente era Los Villares. No conocía el joven las buenas comunicaciones de la serranía jiennense, por lo que no pudo imaginar que el lugar donde decidió descansar, era una plaza tan cercana a la capital, que había recibido la noticia del blasfemo suceso muchas horas antes de la llegada del ladrón.

Inmediatamente sospecharon los villariegos al ver a un forastero que iba cargado con un enorme saco. Procedieron a detenerlo, abrieron el costal y descubrieron el tesoro robado. El cordobés no tuvo más remedio que aceptar su culpa, confesando ante las autoridades locales. Marchó preso hasta Jaén para ser juzgado por la infame acción cometida.

Un revuelo de alegría sacudió los afectados corazones de los fieles jiennenses, cuando se extendió la noticia de que el ladrón había sido capturado y el botín recuperado.



 
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