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El lagarto de la Magdalena
 

 

se dedicaba a merendarse todos los atardeceres a alguna de las hermosas pastiras, que con la tranquilidad de su labor, se acercaban a llenar los cántaros de agua al manantial del Lagarto.

Al principio, dicen las gentes que comía un muchacho o muchacha cada mucho tiempo, quizá porque fuera pequeña la bestia.

Conforme crecía el Lagarto, agrandó tanto su estómago que precisó en su merienda una doncella diaria. No contento con esto, aprovechaba el amanecer para desayunarse a algún caballero trasnochado, que regresara a su casa tras gozar de la compañía de doncella ligera, o a algún hortelano adormilado que se acercara al raudal a saborear un poco de la deliciosa agua, antes de encaminarse a la faena diaria en su huerta.
Todos los niños de la ilustre villa decían haberlo visto, pero no era cierto el cuento, ya que aquel que la divisaba, pasaba a engrosar los kilos de aquella Fiera de La Malena.

La situación era insostenible. Decidieron las buenas gentes de la ciudad no acercarse a la guarida de aquel Lagarto.


 
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