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| La Cruz del Pósito |
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Escuchó Doña Beatriz con cara de asombro el relato del criado, agachó su lloroso rostro y llena de coraje, mandó de nuevo al sirviente con un recado para su Señor. Si quería su esposo, D. Diego de Osorio, esa alhaja que con tanto celo guardaba, que se la pidiera a ella en persona, sin intermediarios, que ella misma, con sus propias manos se la entregaría. Volvió el escudero, apenado por su señora, a trasladar el mensaje al Capitán Diego de Osorio, comunicándole a éste lo que de Doña Beatriz escuchó. Duras burlas levantó el mensaje de su esposa en la concurrida sala. Avergonzado y furioso de que Beatriz no cumpliera la petición que él le hizo, acostumbrado hasta entonces a una impecable sumisión de su esposa, se dirigió hacia el punto establecido por Doña Beatriz para encontrarse, la plaza del Pósito. Allí la vio al instante, al pié de la cruz que se alza en medio del lugar, se acercó, extendió ella su mano y le entregó la alhaja, disimulando su llanto, como quién entrega su más valioso tesoro. Él le arrebató la joya con un insolente tirón, y una vez la tuvo en su poder, visiblemente enfurecido, clavó en Doña Beatriz una daga que acabó de inmediato con la sufrida vida de la dama. |
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