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| La mona de la Catedral. |
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Página 5 de 5 Parece ser que esta acción traía como consecuencia inmediata terribles maleficios, que desencadenaban una sucesión de desgracias que acabarían primero con la felicidad de la familia de aquel que apedreó a la mona, y después incluso con la salud de todos y cada uno de sus parientes más cercanos, hasta llevárselos a la tumba. Cundió tanto esta historia entre las ingenuas gentes de Jaén, que al parecer no hace tanto, incluso nuestros bisabuelos y tatarabuelos, agachaban la cabeza al pasar frente a la mona, pues ni mirarla querían, temerosos de que alguna desgracia cayera sobre sus inocentes cabezas. Quizá ellos mismos habían sido los niños que se hincharon a pedradas con la mona. Ahí sigue el moro sentado, mirando al frente, con su turbante desafiante, ajeno al pasar de los años, viendo como circulan frente a el una generación tras otra de giennenses que lejos de considerarlo humano le consideran macaco. Es indudablemente el personaje más simpático en las fachadas de la catedral.
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