Volviendo sobre nuestros pasos por la Calle de San Andrés hasta la Calle Martínez Molina, continuaremos nuestro camino hasta la Plaza Santa Luisa de Marillac, conocida popularmente como la “Plaza del Pato”, en alusión a la hermosa fuente que encontramos en la misma. En esta plaza se yergue evocador el antiguo Palacio de Don Fernando Torres de Portugal, Virrey del Perú y Conde Villardompardo, de estilo renacentista y edificado sobre unos antiguos Baños Árabes del siglo XI.
Es aconsejable la visita al interior, que alberga un interesante Museo de Artes y Costumbres Populares, un Museo Internacional de Arte Naif y muy especialmente, los antiguos Baños Árabes que se encuentran bajo el Palacio y cuya rehabilitación mereció el premio Europa Nostra de Restauración en 1984.

El Baño Árabe o hammam musulmán, de carácter público, contaba con una serie de turnos para hombres y mujeres, pero también para los distintos credo religiosos que habitaban en las ciudades hispano-musulmanas. Concretamente la población judía los utilizaba los viernes, día de precepto en el Islam y previo al Shabat hebreo.
Existe constancia de que en Jaén existió otro Baño Árabe, de la misma época que el de Villardompardo, cuyo propietario era un judío. Esto se sabe en base al nombre del mismo, el “Hammam ibn Ishaq”, o lo que es lo mismo, “Baño del Hijo de Isaac”. Este Baño no ha sido identificado, si bien las últimas investigaciones apuntan a que estuvo, significativamente, en el entorno de la actual iglesia de San Andrés, como sabemos, posible antigua sinagoga.

Continuando por la calle de Santo Domingo, a unos ciento cincuenta metros, encontramos la Plaza de la Magdalena. La Parroquia de la Magdalena conserva los restos de un antiguo shan o patio de abluciones, pues fue la Mezquita Aljama de la antigua ciudad musulmana, conocida como Yayyan, antes que parroquia cristiana.
En esta misma plaza encontramos un edificio con soportales, que la tradición considera los restos de la antigua Casa del Cadi musulmán y, frente a esta, la casa de los Ibn Shaprut, una de las familias más importantes de la España medieval.
La casa actual cuenta en su fachada con una Maguen David (Estrella de David), de origen incierto. Según la tradición, en este solar estuvo la residencia de Hasday ibn Shaprut durante sus primeros años de vida. El padre de Hasday, que se llamaba Isaac, fue un rico e influyente  judío jiennense que costeó la construcción de una sinagoga en la ciudad. Isaac tuvo como secretario a Menahem ben Saruq, gran poeta hispano-hebreo, oriundo de Tortosa.

A la izquierda de esta casa, frente a la fachada de la Iglesia, se encuentra el Raudal de la Magdalena, nacimiento de aguas antiquísimo donde según la tradición habitó el legendario Lagarto de la Magdalena. Según una popular leyenda, esta enorme Sierpe o Dragón, tuvo asustada a la población durante mucho tiempo, hasta que un valiente pastor, con una planificada artimaña, consiguió matarlo haciéndole ingerir una sustancia explosiva que provocó un reventón tan grande que aún permanece en la memoria colectiva de los jiennenses. De aquí proviene la expresión, cuando no se quiere bien para alguien, “así revientes como el Lagarto de la Magdalena”.
Desde esta plaza, vivo ejemplo de la España de las Tres Culturas, invitamos al visitante a seguir conociendo la ciudad desplazándose hasta el Castillo de Santa Catalina, situado en la cima del monte del mismo nombre y que alberga en su interior un divertido e ilustrativo Centro de Interpretación Turística, un hermoso Parador Nacional y unas extraordinarias vistas desde el Mirador de la Cruz.

Si disponen de tiempo suficiente, no duden en visitar otros monumentos y rincones de la ciudad, especialmente el Museo Provincial, que alberga algunas de las mejores colecciones de escultura de la España Íbera, sin olvidar los hermosos parajes naturales que circundan la ciudad o los cercanos parques naturales de Cazorla, Segura y Las Villas, de Despeñaperros, de la Sierra Sur o de Sierra Mágina.
Sea cual fuere la decisión adoptada, recuerden siempre durante su visita a la ciudad, que los judíos jiennenses estuvieron aquí, pisando estas calles, labrando estos olivares y observando siempre, en lo alto, la majestuosa silueta del Castillo.
Jaén fue uno de los lugares “onde los sefaradim moravan” y por ello todavía encontramos familias sefarditas con los apellidos Djaen o D´Jaen, que, ahora vuelven a la tierra de sus ancestros donde son acogidos como jiennenses, lo que en lo más íntimo nuca dejaron de ser.


Documento para imprimir la ruta